Mañanas silvestres

Hoy vengo a desmitificar el dicho “al que madruga dios lo ayuda” y modificarlo por ”al que madruga y se toma el bondi temprano ,pensando que la sudestada llega a la tarde, el chaparrón y las piedras lo agarran por el camino, te queda la espalda abollada por el granizo y llegas al laburo como salida de un lavarropas al que no le funciona el centrifugado”.

A mitad de camino, entre somnolienta y mal humorada, empiezo a ver que unas adorables gotitas están impactando sobre el parabrisas del colectivo. Muy optimista en mi pensar, miré el cielo, ví la nube negra y me dije a mi misma como tratando de autoconvencerme: “nube pasajera”. La caída de la lluvia se hacía mas y mas violenta a medida que el colectivo avanzaba en su camino, aún así, seguía con mi visión Feng shui de que “me iba a dejar llegar”, como si la lluvia pensase en mi, por Dios!! Conclusión, apenas apoyé un pie en suelo firme el cielo vomitó su furia sobre mi. Gracias a Dios me encontré un reparo en una esquina, hasta que el viento cambió de curso y empezó el granizo; fue en ese preciso momento en el que comprendí que debía dejar de lado mi veta antisocial y dirigirme a entablar una simpática y fugaz relación con un señor verdulero de la zona. Muy amablemente ante mi aspecto de vinchuca mojada el trabajador de la hortaliza me abrió la puerta de su establecimiento, el cual sirvió de refugio contra el aguacero; no solo eso, sino que en un acto de extremo desprendimiento se dirigió por detrás de sus cajones y en un minuto volvió, con un toallon amarillo que quien sabe que berenjena habrá secado antes. Cuando mermó un poco la lluvia seguí camino al trabajo, como era de esperar en la puerta de ingreso había fácil 36 metros cuadrados de agua podrida acumulada, llegue casi haciendo rally intentando elegir entre barro y agua, decidiendo casi siempre por el barro porque debajo del agua uno nunca sabe que se puede encontrar. Para mi sorpresa el bonito zanjón que todos los días ve pasar mis piernitas, estaba no solo hasta el tope del mismo líquido nauseabundo que la calle , sino que había perdido su encantadora tablita que servía las veces de puente. Aquí el superhéroe fue otro, un joven trabajador del sector cárnico, que colocandose entre orilla y orilla del acueducto me extendió la mano para que yo, de un esbelto salto, pudiese llegar al otro lado de la vereda sin caer de trompa a la zanja muriendo ahogada por el barro y algún que otro desecho orgánico de la despostada.

Cuando estaba a medio metro de la puerta, sintiéndome casi a salvo, se voló un techo de chapa.

Y si….tengo que decirlo….nuevamente…envídienme!!…que maravillosa es mi vida!!.

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