Y me mostró el rebenque, era horrible.

Desde que cumplí los 25 años y en adelante, he tenido que aprender a convivir con “los hijos de”. Más o menos por aquel entonces, algunas de mis amigas y amigos empezaron a procrear a una velocidad espeluznante. Hoy, avanzada un poco en edad, he tenido que aceptar que la mayoría de la gente que me rodea tiene uno o más niños en su haber. No es que no me gusten las criaturas, lo que no me gustan son sus padres y el efecto que su influencia genera sobre estos pobres engendritos. Hay de todo……los terribles, los maleducados, los insoportables, los parlanchines, los vegetativos, los esconde caras y los feos.

Desde que llegué a mi actual trabajo noté como el instinto maternal o paternal, según sea el caso, lleva a las personas a llenar los escritorios de fotos de pequeños infantes. En los momentos de ocio o aburrimiento, darle una ojeada a estas superficies llenas de caritas y cuerpitos diminutos puede resultar un entretenimiento simpático. Hasta que llegamos al escritorio de los feos. El día que descubrimos esta foto, las dos protagonistas de la misma fueron blanco de las peores y más atroces burlas. Desde ser ocultadas debajo de un casco o un bibliorato para no impresionarse, hasta intentar adivinar a que especie pertenecían llegando a la conclusión de que no eran humanas. La cuestión fue que una amiga me advirtió que iba a ser castigada y no se equivocaba. Dios, me castigó en vida.

Sábado al medio día, asado en la casa de una ex compañera de trabajo, actual amiga. Todos esperábamos la llegada de las cucarachitas para demostrar quien tenía mas fuerza de voluntad y lograba reprimir la carcajada por más tiempo. Fue inútil, yo no pude. En el mismísimo instante que vi a los padres atravesar la puerta busque la mirada cómplice de alguien. Fue lo peor que pude hacer. Los bichitos entraron en escena; la mayor traspasó la puerta corriendo y de las veinte personas que nos encontrábamos en ese momento en el lugar, me eligió a mi. Se me abrazó al cuerpo cual pulpo deforme. Automáticamente me sentí violada, sucia y en riesgo de vida. Mientras intentaba encontrar la forma de desprenderme el abrojo del cuerpo me preguntaba que extrañas enfermedades sería capaz de transmitir esa pequeña alimaña. La situación se extendió unos minutos; para mi fueron eternos. Temí ser mordida, inoculada, picada, devorada…y al fin, la diminuta “cosa” se soltó y huí. En un primer momento no supe si reír,  llorar o correr a vacunarme. Enseguida recobré el conocimiento y me dirigí a la unidad sanitaria mas cercana.

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